
World of Warcraft sigue a sus 8 años de vida siendo el rey de los mmorpg, tanto de pago, como de los gratuitos. A pesar de que el veterano mmorpg de Blizzard está empezando a mostrar los signos de su avanzada edad, su reinado a día de hoy es prácticamente indiscutible. En este sentido, únicamente, Guild Wars 2 podría plantar cara a World of Warcraft de tu a tu, pero es una lucha cuyo ganador nadie se atreve a augurar.
Y es que no han sido pocas las empresas que han intentado acabar con World of Warcraft lanzando sus propios títulos para ver como estos últimos han sucumbido ante el rey de los mmorpg. Casi todos ellos han intentado copiar los fundamentos de World of Warcraft, pero han fracaso en ese intento y es que Blizzard, jugó muy bien sus cartas en su día elaborando una fórmula casi mágica que ha dotado a su juego con la clave del éxito.

¿Y cuál es la fórmula de ese éxito? Pues si nos retrotraemos a 2004 donde el género de los mmorpg estaba dominado por títulos que exigían al jugador una gran entrega, World of Warcraft ofrecía unas dosis de dedicación mucho más laxas. Además, el uso de las misiones como motor de subida de nivel y la posibilidad de disfrutar del juego en solitario, hacían que fuese un título mucho más amable al jugador, pero sobre todo a personas que no habían jugado nunca antes a un mmorpg. Sin olvidar que es un título que podía ser movido por prácticamente cualquier ordenador.
A todo lo anterior hay que añadir el uso de una franquicia de éxito como Warcraft y a toda una legión de seguidores de Blizzard, que estaban deseosos de sumergirse en un mundo persistente ambientado en dicho universo. Todo esto, grosso modo, formaría la formula básica que proporcionó el éxito inicial de World of Warcraft. Una especie de cuadratura del círculo que le ha permitido a Blizzard dominar un género difícil y asentarse como el referente del mismo.
En este sentido, durante todos estos años Blizzard ha intentado modificar dicha fórmula lo mínimo. Esto ha causado que World of Warcraft sea bastante continuista y que las sucesivas expansiones no hayan aportado grandes mejoras en cuestiones como la jugabilidad. Quizá los únicos cambios significativos han sido la paulatina disminución de la dificultad general del juego.

Esta tendencia se ha ido agudizando a medida que los años han ido pasando, pero quizá el momento en el que se disparó esta tendencia fue con el lanzamiento de la expansión Wrath of the Lich King. Precisamente, será con esta expansión cuando las cotas de jugadores lleguen a prácticamente su cenit, aunque a costa de crear un pequeño cisma en la comunidad de jugadores.
A partir de este momento, Blizzard ha intentado mantener contentos a los jugadores más exigentes y a los menos demandantes. En este sentido, la expansión Cataclysm fue como una especie de hijo bastardo que intentó lograr la meta anterior. No lo consiguió, y de hecho, será durante esta expansión cuando el número de jugadores de World of Warcraft tenga uno de sus mayores desplomes.
Por eso quizá, Mists of Pandaria haga gala de ese continuismo tan marcado en World of Warcraft, al mismo tiempo que aporta cosas nuevas. Si bien es cierto que una vez llegados a nivel máximo volveremos a hacer las mismas cosas: heroicas, diarias, subir reputaciones etc. Mists of Pandaria aporta cosas novedades enfocadas a perfeccionar esa fórmula con la que atrapar a los jugadores. En este sentido, tenemos los combates de mascotas o las granjas, elementos destinados quizá a los jugadores más “casual” pero que vienen a aportar muchas horas con las que mantener ocupados a los jugadores.

Puede que Mists of Pandaria haya polarizado a la comunidad de jugadores, pero Blizzard sabe lo que hace. A World of Warcraft le queda todo el tiempo que sus creadores deseen y no serán nada más que ellos, los que le pongan fin. En este sentido, la nueva expansión aporta lo que los fans de este mmorpg quieren, que es lo mismo que han hecho las demás expansiones. Y es aquí donde precisamente, Blizzard ha perfeccionado su fórmula: ser fiel a sus orígenes y ofrecer nuevas aventuras con las que atrapar al jugador.
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